"Río Negro" dialogó con Javier en su casa-estudio, tras finalizar un ensayo con el cuarteto, días antes de que su presentación el jueves próximo en la Fiesta Nacional del Golfo Azul, donde estarán con los temas de "Simetría de Moebius", su último brillante compacto, que fue presentado oficialmente el 22 de mayo de 2010 en el Luna Park de Buenos Aires.
"El mío es un lugar que me da una perspectiva muy amplia porque tengo la posibilidad de ver a todos mis compañeros como si fuera desde bambalinas, por decirlo de alguna manera. Y a su vez, en segundo plano, observo al público que es –cuando hablamos de recitales grandes– un gran colchón, un gran mar de personas. El cuadro es plenamente pintoresco. Agregale toda la emoción que circula interna y externamente, la adrenalina y lo que alguien que toca un instrumento y hace música puede sentir solamente en un escenario. Esa sensación se percibe sólo ahí arriba, con la gente adelante. Después están todas las demás emociones que pueden vivirse en el estudio, que son de otro tipo... Grabar un disco se vive desde un lado más privado, es más un viaje mental".
– En estudio hasta podés grabar solo, sin tus compañeros.
– Es cierto. Trabajamos mucho con un técnico, pero también hacemos una infinidad de cosas nosotros... No sé...
Editar el instrumento, un arreglo, cada uno tiene su islita de edición, su laboratorio personal y ahí laburamos muchísimo
(Continúa en página 40)(Viene de página 39)
individualmente. Horas y horas solo, sin compartir el cruce con los otros integrantes de Catupecu, más allá de que siempre nos juntamos.
En el último disco ("Simetría de Moebius"), estábamos en el campo y por ahí pasábamos cinco o seis horas totalmente metidos cada uno en sí mismo, con su instrumento, con la computadora escuchando lo que hizo, arreglando, pensando algo distinto para meterle a la canción.
Conectados
– Volvamos, porque se van a presentar en la Fiesta del Golfo Azul. Ustedes envían un impacto sonoro desde el escenario y el público –que está cantando desde antes que salgan, convocándolos– se los devuelve. Es una suerte de gran partido de tenis en el que una pelota de emociones va de un lado a otro… Energía pura. Hay que estar atento todo el tiempo, no descuidar nada, disfrutar a pleno. ¡Cuántas cosas juntas!
– Me gusta jugar –cuando puedo– al ping-pong y está buena la comparación que hacés. Es el feedback, el golpe de ida con lo que devuelven quienes nos van a ver. Es así…
Nosotros, cuando llegamos a la ciudad donde vamos a tocar o acá en Buenos Aires, el día del concierto es diferente desde que nos levantamos. A partir de ese momento ya estamos conectados con el show.
La energía que corre por nuestras venas es totalmente diferente; sea una presentación para cien personas, para mil o veinte mil.
Lo que sucede el día del recital es muy especial y a medida que se va acercando la hora, ¡ni te cuento! Empiezan a invadir los nervios que, en realidad, están siempre. No hay manera, no existe la técnica, el modo de evitarlos.
No encontramos la fórmula ni la buscamos, porque es lo que genera esa adrenalina que después produce lo que ocurre cuando tocamos. Está bueno que así sea.
– Tu función es la de absoluto y riguroso control del pulso rítmico de la banda. Si ralentás, Catupecu también lo hace, si estás acelerado, tus compañeros deben seguirte. Vos regulás el tempo.
– Sí, con unos amigos que también tienen su banda charlamos un poco estas cuestiones; del clic que algunos bateristas usan (pulso sonoro que les llega por auriculares) y otros, no...
Realmente, así es, un grupo suena ajustado cuando toca junto, si cada uno sintoniza con el que tiene al lado, conformando entre los músicos una sola unidad.
Para que eso pase, tiene que haber un espíritu energético de ir hacia un único lugar.
Y la batería es el eje del ritmo, todo se monta sobre el instrumento percusivo.
Lo más normal, cuando se graba un disco, es registrar primero la bata y luego el resto, encima. Hablo de la grabación moderna, en los años 50, 60, hasta 70, se grababa todo junto...
En un punto, el instrumento más buchón, más botón (sonreímos) es la batería.
Se equivoca el baterista y el tipo que escucha con atención lo nota al toque; pifia una guitarra, el bajo, el tecladista, y puede pasar por un arreglo. Quizás se le cayó la púa de la viola y queda como un hallazgo. Si se me pianta un palo es muy notorio.
El margen de error del batero es mínimo, está muy expuesto, es muy evidente si tiene una fallita.
Cuando veo bandas en vivo, pasa y no me molesta esa imperfección.
Si quiero lo perfecto, pongo un disco. Lo imperfecto humaniza.
En los grandes grupos que tocaron en Buenos Aires, como Queens of the Stone Age o Rage Against the Machine, (13 de octubre en el Pepsi Music 2010), hubo errores, y está bueno ese toque humano.
Si no, me quedo en casa con mi sistema de sonido que suena bárbaro, y escucho todo perfecto; ahí no se equivocan…
por Eduardo Rouillet
Mira la nota online en www.rionegro.com.ar
Mira la nota online en www.rionegro.com.ar
