
Mañana, a las 21:30 Catupecu Machu estará en Puerto Rock, 12 de octubre 14, en Bariloche. Formada en abril del 94, la poderosa fusión que originalmente generaron los hermanos Fernando y Gabriel Ruiz Díaz y Javier Herrlein en batería –quien se retiraría poco después para retornar en 2002– debutó en el Teatro Arlequines sólo para treinta y siete espectadores.
Hoy es un cuarteto integrado por el citado Herrlein en acordeón, batería y percusión; Martín "Macabre" González en teclado, samplers y coros; Sebastián Cáceres en guitarra y bajo, y la voz, bajo y guitarras de Fernando Ruiz Díaz, con quien "Río Negro" charló antes del show de ma-ñana.
"Vos sabés que soy un gran lector, veo mucho cine. Me gusta abrir los libros en una página cualquiera a ver qué me dicen. Hay cosas que he escrito que, calculo, deben venir con el paquete de fábrica (ríe). Me pasó un poco así con la música. Empecé a tocar de muy chico y básicamente soy un músico", dice.
–¿Intuitivo?
–Intuitivo, sí, instintivo, muy empírico. Con la escritura me ocurrió eso. Yo escribo mucho y desde antes de que existiera Catupecu, siempre. Después, ya en la banda me largué con las letras, y lo hago como si estuviera sumergido en una sensación de viaje, medio de trance. En los momentos que compongo estoy solo, a media luz, o de día pero en algún lugar contemplativo, cerca del agua. Me doy cuenta que voy viajando cuando escribo y hay cosas que no sé muy bien de dónde salen. Supongo que mucho debe relacionarse con lo más importante que me pasa, que es dedicarme a vivir. Eso hice toda mi vida (ríe nuevamente). Debo ser un buen traductor de sensaciones y por eso propongo ideas que atañen a cualquier persona, y sucede que son universales. El papá de mi novia, que estudiaba y daba clases en la Facultad de Psicología (de la UBA), comentó mis letras con un profesor y éste le dijo que se notaba que yo había hecho mucho tiempo psicoanálisis. Y jamás hice terapia.
–Escribiste "Y hoy somos rocas y mañana arenas / bañados por las aguas de este mismísimo mar / de miedos (…)". Una metáfora de la vida, de cómo nos golpea, moldea y transforma.
–La gran roca que mañana es arena. No sé. Cuando pasó lo de Gaby (su hermano), recuerdo que hablaba con un amigo y le confesaba: ¡no sé si existe Dios, pero de ser así, no lo entiendo! Yo comprendo lo que son los ciclos de la vida, pero no me simpatiza la idea de la muerte o de que me voy a morir en algún momento desconocido, o las personas que quiero. He perdido seres queridos, pero ni siquiera lo acepto, lo vivo, los extraño. Hay una cosa en el diseño que no…
–Por eso hablás también de "la insensatez de la ansiedad" en "Confusión". No tiene sentido estar ansiosos por devorarnos la vida.
–Exactamente. "La insensatez de la ansiedad", decía yo, "cobra vida el lado siniestro". Pero, bueno, también somos grandes aves fénix los humanos. Por eso escribí "muero uno, nazco más. Nunca deja de sorprenderme esa desconexión que sucede al acostarte y dormir. Hace poco pensaba en la mamá de Zeta (Bossio, el bajista de Soda Stereo y de Catupecu Machu en 2007) que se acostó a la noche y falleció mientras dormía. Me impresionó mucho, pensé en mi vieja. Se acostó y siguió de largo. Dije, por un lado qué alucinante forma de pasar a otro estado, llamalo como sea. Y, a la vez, pensaba: ¡qué loco! Le tenemos miedo a la oscuridad de chicos, a muchas cosas, pero a dormir no. Raro, porque es entrar a otro mundo. Capaz que le tememos más a bucear en aguas profundas.
–Se habla de bucear en la vida, en los sentimientos, en el alma humana.
–Pienso que, como decía (Jorge Luis) Borges, la obra del artista se termina remitiendo al artista mismo, quiera o no. Muchas veces me pasa que bajo la sensación de algo que me ocurrió. Por ejemplo, cuando fue lo de Gaby, yo decía que no me sentía exclusivo del dolor, si no que a miles de personas le sucede y en el mismo momento, quizá, con problemas similares, mayores o menores. Así como eso, las sensaciones me llevan a escribir pensando en alguien que vive una historia. Quizá no sea yo. De lo contrario la cosa no podría ser tan abarcativa, tan amplia". No me satisfacen muchas cuestiones, no me causan ninguna gracia, del mundo éste que me toca vivir, me resulta interesante esta cosa polivalente que se da ahora, multicultural, esa mirada tan abierta que hace que muchos temas –por lo menos en mi visión– dejen de ser misterio. Cuando era chico, para escuchar ciertos discos necesitaba un amigo que viajara y lo trajera, y hoy lo busco y lo bajo (de internet). Imaginate el auto como una cápsula en la que te metés y aparecés en otro lado, como en la máquina del tiempo de las historietas.
Tengo una tendencia a observar siempre al tiempo y por momentos, de una forma más poética. Entonces, me sorprende mucho. Volví de gira, me fui al campo a relajar un poco la cabeza un par de días y al regresar me desperté, estaba en casa solo y tuve unos instantes en los que el tiempo era otro, escuchaba algo así como si una tormenta o como si los pistones de un motor se hubieran detenido por un instante. ¡Qué loco, qué diferencia entre el tiempo de gira, volando, despertándome en una ciudad, al día siguiente en otra, con otros sonidos y aromas, y el de estar como estaba al retornar. Por eso, en una letra –en el disco y tema "El número imperfecto"– escribí: "En un mismo tiempo pasa un viento hambriento / seca el sol las hojas, el reloj en tiempo de descuento, (…) algunos tratando de estar bien despiertos / y otros, a partir de hoy, durmiendo en nuestros recuerdos. (–) Todo sucede a la misma vez y en distinto tiempo. / Para algunos veloz, para otros muy lento".
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